



Prevalece un ambiente de nerviosa despedida, de estar a punto, para hacer parte de una importante ceremonia. No se habla de otra cosa mientras todos se engalanan y acicalan. Es un día para estrenar; surge la esplendorosa mañana con su intenso azul. Los recuerdos de desfiles pasados se avivan y crece el anhelo de obtener alguno de los galardones que entregarán los jurados a las silletas ganadoras. En todas las casas de Santa Elena ronda en labios y corazones el “esta vez sí”. Hay tiempo para posar y fijar el recuerdo en el álbum familiar.


En el ritual de la salida cada casa se muestra ante las demás en la intimidad del espacio comunitario, en el goce de su propio desfile, sin jueces ni muchedumbres. En las espaldas se balancea rítmicamente el peso de las silletas, expresión de identidad.

Santa Elena se vuelve un reguero de despedidas, un rosario de fragancias y colores en movimiento, un nudo de abrazos que permanecen adheridos a la piel. Los silleteros avanzan con el corazón acelerado para acudir a la cita anual con una ciudad y un país que se rinden embelesados ante la afirmación de la vida y de la esperanza, que se despliegan en un mar de silletas en movimiento.

Lentamente, los silleteros van llegando a la carretera principal, a los puntos donde volquetas, camiones y chivas recogerán la preciosa y frágil carga. Allí se concentran algunos vecinos y parientes, quienes, en medio de la algarabía, entrecruzan abrazos y felicitaciones. Subsiste la tensión, porque del cuidado que se ponga al acomodar las silletas y de las precauciones durante el viaje a la ciudad dependerá, en gran medida, el efecto ante el público y los jurados.

En este escenario al aire libre aparecen las escaleras o chivas, con su cargamento de silletas bien aseguradas, que duplican el colorido interior y exterior en una impactante visión que integra el singular diseño de las carrocerías con el de las silletas aferradas al capacete, o cómodamente abrazadas a los soportes interiores del vehículo. Pocas veces, como en esta ocasión, podrán verse rodar juntas estas multicolores expresiones populares, chivas y silletas, devolviendo las manecillas de la memoria social, enlazadas ahora por el espíritu de una festividad que, de paso, rinde tributo a una historia del transporte.

Las Silletas Monumentales, esas espléndidas obras, requieren cada una un enorme vehículo para su viaje, lo que genera otro espectáculo: el de la caravana de volquetas que, por el serpenteante recorrido hacia Medellín, con la urbe al fondo y las montañas como marco, esparcen sobre la ciudad una auténtica avalancha floral.
La sosegada atmósfera rural habrá de transformarse muy pronto en bullicio y celebración; la familia en pleno acude a esa cita multicolor.
En la intimidad de su propio desfile, la familia madruga, acompaña y despide al silletero.
El amanecer sorprende a los visitantes y los hace también testigos excepcionales de la salida de los silleteros.
Tras de sí agotadoras faenas, al frente el gran evento; por lo pronto, un respiro.
En la despedida los niños aún no alcanzan a imaginar el inmenso decorado que les espera a sus mayores. Leonel Sánchez, de la vereda San Ignacio.
A la vera del camino y lejos aún del bullicio de las multitudes, estas silletas le ofrecen una amable pausa a la ´escobita´, que hace parte del considerable despliegue de recursos que el desfile trae consigo.
Atento, cada silletero acompaña su obra para asegurarse de que llegará intacta a su destino.
La comunidad se congrega en torno al silletero y a las actividades propias de su participación en el Desfile de Silleteros.
Los silleteros perciben ante sí la ciudad; los aplausos, el reconocimiento, los miles de ojos que año tras año los esperan para gozar el esplendor y el colorido de la Feria de las Flores.
Las tradicionales escaleras se convierten en una auténtica exposición rodante.
El sueño de ser parte de esta inmensa fiesta de flores, una vez más, está a punto de cumplirse
La serpenteante carretera Medellín-Santa Elena lleva las silletas a su destino final. Luego de meses de siembra, de jornadas de trabajo, el momento cumbre se acerca.
Texto: Edgar Bolívar Rojas